Fine Art Galleries: Your Majesty The Queen: Carta Victoria
Enero 22 de 1901
Mis padres me dieron el nombre de Victoria, escogiéndolo a la perfección.
Nací en Londres el 24 de mayo de 1819. Mi padre, Eduardo, duque de Kent y mi abuelo el rey, Jorge III murieron cuando yo tenía apenas un año. Mi madre fue; Victoria de Sajonia-Coburgo-Saafeld, princesa alemana, ella se encargó de educarme, ella y su ambicioso y dominante mayordomo, sir John Conroy elaboraron reglas sumamente estrictas para formarme. Llegué a sentirme bastante aislada. Aprendí francés, alemán, italiano y latín; y hablaba inglés en casa.
A los 18 años llegué al trono porque el destino así lo quiso. Ninguno de mis tres tíos por lado de mi padre tuvo descendencia, lo cual me colocó como la heredera al trono. Mi tío Leopoldo, me enseñó a cultivar estas tres virtudes: el valor, la firmeza y la honestidad, a las cuales me aferré incondicionalmente.
Horas después del fallecimiento de mi tío y predecesor Guillermo IV, el arzobispo de Canterbury se arrodilló ante mí para comunicarme oficialmente que me había convertido en reina de Inglaterra. Esa tarde escribí en mi diario: «Ya que la Providencia ha querido colocarme en este puesto, haré todo lo posible para cumplir mi obligación con mi país. Soy muy joven y quizás en muchas cosas me falte experiencia, aunque no en todas; pero estoy segura de que no hay muchas personas que tengan la buena voluntad y el firme deseo de hacer las cosas bien tanto como yo».
Lo primero que hice al reunirme con el consejo fue preguntar a sus miembros si es que como reina podía hacer lo que me dé la gana, al considerarme muy joven e inexperta me dijeron que sí. Por primera vez ordené a mi madre que me deje sola una hora en mi habitación ¡Cuánto la disfruté! Mi madre había sido casi una tirana conmigo. Al salir, expresé mi siguiente orden: que mi madre desocupe mi habitación, de ninguna manera la seguiría compartiendo con ella. Fue mi primer grito de libertad.
Cuando llegué al trono, el Reino Unido era una monarquía constitucional establecida, lo cual no me daba mucho lugar para imponer, así que influí en privado en el nombramiento de ministros, lo cual hizo que Melbourne se convierta en mi primer ministro y no solo eso, él era mi primer consejero, toda acción política se lo consultaba. En público en cambio me convertí en el modelo de los valores a seguir. Fui la primera soberana en residir en el palacio de Buckingham.
Un año antes mi tío Leopoldo quiso presentarnos a mí con mi primo hermano Alberto, planeando una unión entre los dos. Paralelamente mi tío Guillermo, aún en el trono quería que me case con el príncipe Alejandro de los Países Bajos. Cuando conocí al príncipe Alberto disfruté mucho de su compañía. Escribí en mi diario: «Alberto es extremadamente guapo, su pelo es del mismo color que el mío, sus ojos son grandes y azules y tiene una nariz bonita y una boca muy dulce con unos buenos dientes. Pero el encanto de su cara reside en su expresión, que es muy agradable». Por otra parte, encontraba a Alejandro «demasiado simple». En realidad, agradecí mucho a mi tío Leopoldo por su contribución en presentarnos, en mi carta decía: «Alberto tiene todas las cualidades deseables para hacerme totalmente feliz. Es tan sensible, tan amable y tan amoroso. Además, tiene el exterior más agradable y encantador que he conocido».
La insistencia de mi madre en estar cerca y querer controlarme era insoportable, se lo comenté a Melbourne, el sugirió entonces una boda, esto mantendría a mi madre alejada. Alberto vino de visita por segunda vez en octubre de 1839, debido a que sentíamos una atracción mutua, le pedí matrimonio. Nos casamos el 10 de febrero de 1840 en la Capilla real de St. James en Londres. ¡Yo estaba tan enamorada! Escribí en mi diario: «NUNCA, NUNCA he pasado una noche así. MI QUERIDO, QUERIDO, QUERIDO Alberto [...] con su gran amor y afecto me ha hecho sentir que estoy en un paraíso de amor y felicidad, algo que nunca esperaba sentir. Me cogió en sus brazos y nos besamos una y otra vez. Su belleza, su dulzura y su amabilidad —nunca podré agradecer suficientes veces tener un marido así— [...] que me llama con nombres tiernos como nunca antes me han llamado ha sido una increíble bendición. Este ha sido el día más feliz de mi vida.»
Además de ser mi compañero de vida, Alberto se convirtió en un consejero político importante. Su asesoramiento era tan acertado, asi que finalmente sustituyó a Melbourne. Mi madre tuvo que abandonar el palacio y fue enviada a Ingestre en Belgrave Square. Alberto ayudó a que nuestra relación entre madre e hija mejore.
Poco tiempo después de la boda, el 10 de junio de 1840, mientras íbamos en el carruaje con Alberto, un hombre loco trató de asesinarme, su nombre era Edward Oxford, disparó dos veces y sus balas fallaron. Yo estaba embarazada de nuestra primera hija. ¡Fue horrible! Lo juzgaron por alta traición y después liberado, al diagnosticarle locura.
Tuvimos nueve hijos, cuatro hombres y cinco mujeres. Pasé embarazadadesde 1840 a 1857 con pocos años de descanso entre cada embarazo. La verdad, odiaba estar embarazada, me sentía incómoda. embarazo. La verdad, odiaba estar embarazada, me sentía incómoda. Dar el pecho me parecía repugnante y además, todo recién nacido es feo. Con tanto embarazo Alberto empezó a encargarse de ciertas responsabilidades que me correspondían como reina. Mis sentimientos encontrados hacían que mi cabeza de vueltas. Al mismo tiempo que admiraba con locura a mi amado esposo también lo resentía, me sentía puesta a un lado. Mi forma de ser, siempre se caracterizó por explotar fácilmente. Alberto tenía terror a esos episodios y en ocasiones prefería dejarme notas bajo la puerta.
En marzo de 1861 mi madre a quien yo había rechazado tanto murió a mi lado. Al leer los documentos que dejó me di cuenta de cuánto me había amado. Quedé destrozada.
En noviembre del mismo año corrieron los rumores de que nuestro hijo Eduardo tuvo una aventura con una prostituta. Alberto fue a verlo y conversaron muy largo, estábamos tan decepcionados. Esta noticia acabó con Alberto quien estaba enfermo. Murió en diciembre dejándome completamente devastada. Evité apariciones públicas y hasta ahora conservo el luto.
Jamás perdoné a Eduardo. De hecho, siempre me decepcionó. Sin darme cuenta me convertí para mis hijos en lo que mi madre fue para mí. Controladora, de una manera enfermiza, no fui cariñosa sino severa, siempre imponiendo mi ley y haciéndolos sentir mi decepción. Cuando Vicky anunció que estaba embarazada, le dije: «La noticia nos ha disgustado enormemente». Mis dos hijas Vicky y su hermana menor, Alicia se pusieron de acuerdo para desafiarme. En secreto amamantaron a sus bebés. En cuando lo descubrí, me enfurecí y las llamé «vacas»
Yo quería que fuesen tan perfectos como había sido su padre, el único que se le parecía era Arturo. Él fue mi favorito; siempre nos complació y obedeció en todo. Después de la muerte de Alberto decidí seguir su objetivo: trabajar sin descanso al servicio del país. Lo evocaba a menudo, en conversaciones y en mi vida diaria, lo tenía presente.
Me entregué a Inglaterra de una manera segura dirigiéndola firmemente. A pesar de mi aislamiento al público cumplí mis deberes oficiales sin participar activamente en el gobierno. Pasaba mis días en mis residencias reales como Balmoral, en donde me encontraba con mi querido mayordomo John Brown, quien era definitivamente un apoyo para mí. Pasaba también en Windsor y Osborne House. La popularidad de la monarquía subía o bajaba de acuerdo con ciertos acontecimientos. Así es la historia. Logré que una aristocracia se fuera impregnando de los valores de la burguesía a medida que esta llevaba a su apogeo a la revolución industrial.
En 1868 y después de 1874 a 1880 Benjamín Disraeli fue primer ministro. Por unos años dominó la política británica con su adversario Gladstone. Disraeli supo comprenderme y me trajo por un tiempo de vuelta a la actividad. Manifestó un respeto profundo y me convirtió en símbolo de la unidad imperial al coronarme en 1877 «Emperatriz de la India».
La vejez me iba envolviendo poco a poco, lentamente. El dolor suavizó mi amargura, pero me adentraba en la tristeza. Sonreía poco.
La muerte de mi hija Alicia en 1878, un 14 de diciembre al igual que su padre, seis años después la muerte de mi hijo Leopoldo, en 1892 la muerte de mi nieto Alberto Víctor y finalmente en 1900 la de mi querido hijo Alfredo me encogían el corazón, el cuerpo y el alma.
Me convertí en un mito viviente durante mis últimas tres décadas de reinado. Fui objeto de reverencia dentro y fuera de Gran Bretaña. Mi gran sentido común, la tranquilidad y seguridad que transmitía, mi íntima identificación con los deseos y preocupaciones de la clase media consiguieron que a la sombra protectora de mi imagen de la viuda de Windsor cobre un poder e impregne como la era victoriana la segunda mitad del siglo.
Es el año de 1901, comienza un nuevo año y me siento agotada y débil. El pensamiento de la guerra en África me carcome. El dolor de la artrosis me va acabando. Hoy es 22 de enero de 1901, tengo 81 años de los cuales he reinado 63. Sé que la muerte viene por mí, pronto me re encontraré con mi amado Alberto.
Victoria
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