Fine Art Galleries: Your Majesty The Queen: Carta Mariía Teresa de Austria
24 de noviembre de 1780
Cómo es posible que se pueda creer que una mujer no puede gobernar un país! He reinado durante 40 años y sé que lo he hecho bien. Cuando subí al trono me encontraba sin dinero, sin crédito, sin ejército, sin experiencia ni conocimiento de mi condición y, finalmente, sin nadie para aconsejarme, pues todos esperaban ver cómo las cosas iban a evolucionar.
Cuando nací, la decepción parecía llegar conmigo, no solo para mi padre quien esperaba al heredero y que nunca lo pudo superar, sino todo el pueblo vienés. Nací el 13 de mayo de 1717 en Viena, poco después de que muriera mi hermano mayor y heredero imperial, Leopoldo Juan. Mis padres fueron Carlos VI del Sacro Imperio Romano Germánico e Isabel Cristina de Brunswick-Wolfenbüttel.
Mi abuelo, Leopoldo I había dictado un decreto en el que daba prioridad a los varones de la familia. En primera instancia la línea sucesoria se dirigía dando prioridad a los hijos o hijas de mi tío José. Ya que mi padre lo sucedió, cambió ciertas cosas con el fin de proteger la corona para sus hijos o hijas. Así fue como mi padre decretó La Pragmática Sanción que aseguraba que las posesiones hereditarias de la Casa de Habsburgo que incluían el archiducado de Austria, el reino de Hungría, el reino de Croacia, el reino de Bohemia, el ducado de Milán, el reino de Nápoles, el reino de Sicilia y los Países Bajos austriacos— pudieran ser heredadas por una descendiente del sexo femenino, además de su indivisibilidad. Lo tenía claro, para lograr desheredar a mis primas esto requería del apoyo de otros países. El tema de mi sucesión fue muy compleja y terminó causando un conflicto bélico que involucró a la mayoría de las potencias de Europa. La causa de tal guerra era mi inelegibilidad para suceder a mi padre en las diversas coronas que nos pertenecían, porque la ley sálica impedía la herencia real de una mujer.
A pesar de que existan otras posibilidades, el amor de mi vida Francisco Esteban quien se crío conmigo, permaneció en la corte austríaca hasta 1729 cuando ascendió al trono de Lorena. Sabiéndonos comprometidos nuestro amor creció. Nuestro compromiso se oficializó el 31 de enero de 1736 y nos casamos el 12 de febrero del mismo año, cuando yo tenía 18 años. Francisco Esteban se convirtió en el gran duque de Toscana.
Mi padre nunca me preparó para gobernar, más bien para ser reina consorte. Cuando él murió, el 20 de octubre de 1740, me di cuenta de que había dedicado su tiempo a que el decreto de la Pragmática Sanción se cumpliera y no en fortalecer el tesoro y el ejército. Austria estaba arruinada económicamente, peor aún después de las guerras ruso-turca y de sucesión política. Mi situación era sumamente difícil, no sabía lo suficiente sobre cuestiones de Estado y no conocía realmente a los ministros de mi padre como para confiar en ellos. Aun así decidí mantenerlos y dejé a mi marido frente a otros asuntos en los cuales yo lo consideraba más experimentado. El 21 de noviembre de 1740 convertí a Francisco Esteban en corregente de las tierras de Austria y Bohemia. Hungría se demoró un año en aceptarlo.
Siempre tuve claro que yo era la soberana y la última palabra en decisiones sobre el Estado la tenía yo. No importa cuanto lo amase, en algunas ocasiones tuve que echarle de reuniones del consejo, cuando su opinión difería de la mía, y eso causaba tensión. No cedería. Ni mi marido, ni Federico II de Prusia provocando la Guerra de Sucesión Austriaca por 8 años, ni todos aquellos que en su momento me dieron la espalda podían rehusar mis decisiones. ¡Mi decisión fue f irme! No solo no me rendiría sino reconquistaría todas las zonas ocupadas.
Reforcé el ejército, reformé el sistema tributario del Imperio, poniendo empeño en las partidas de defensa, y centralizando todo el poder político. Todas estas medidas sirvieron para modernizar y fortalecer el imperio, haciendo que crezca económicamente.
Impuse mi autoridad y la de mi marido y poco a poco fui respetada y respaldada.
La viruela era una enfermedad mortal y se llevó a algunos de mis hijos, y por ello fundamos junto a Gerard van Swiete un hospital en Viena. Las autopsias se volvieron obligatorias, solo así tendríamos un registro de todas las causas de mortalidad en Austria.
Defendí los derechos civiles. Prohibí la quema de las brujas y la pena de muerte, sustituida por trabajos forzosos. También impuse la educación obligatoria, terminando con el analfabetismo y no dejé que la iglesia interfiera en asuntos políticos.
Amé a Francisco Esteban profundamente. En veinte años tuvimos 16 hijos, doce niñas y cuatro varones. De los cuales trece sobrevivieron a la infancia. Cada pérdida se llevó una parte importante de mi corazón. Hubo un tiempo en que mi vida era, embarazos, guerra y maternidad simultáneamente. En caso de que todo hubiese sido diferente, yo misma hubiera ido a la guerra. Cuando los últimos eran pequeños aún debía planificar y arreglar los matrimonios de los más grandes. Me apena mucho no haber dado más tiempo a María Antonia, la casamos con Luis XVI de Francia, ahora la llaman María Antonieta. Nos escribimos a menudo y sé que tiene problemas al gobernar. ¡Espero de corazón que lo resuelva!
El 18 de agosto de 1765 Francisco Esteban murió súbitamente durante la boda de nuestro hijo Leopoldo llevándose con él mi “joie de vivre”. Habíamos sido tan felices juntos y nos amamos profundamente. Lo único que le reprocho es su amante María Guillermina von Neipperg a quien tuve que enfrentar en su funeral.
Desde el día de su muerte me corté mi larga cabellera a la que tanto amaba, pedí que se destruyan todos mis vestidos de fiesta, y desde ese día he vestido de luto. También decidí ya no aparecer públicamente recluyéndome y soportando un dolor que lo cargo hasta ahora.
Mi profunda depresión nos llevó a tomar la decisión de que mi hijo José se convierta en co regente y poco a poco fue asumiendo el rol de poder. La verdad es que cada vez me interesaba menos lo que pasaba a mi alrededor. Aún así me negué a abdicar lo cual traía tensión a mi relación con mi hijo.
En 1767 contraje viruela, logré sobrevivir, pero ya con ciertos estragos. Contraje una tos que no para, problemas respiratorios acompañados de insomnio. Hoy, noviembre 24 de 1780. Estoy cansada y enferma, he recaído nuevamente.
Temo dormirme, no quiero verme sorprendida por la muerte. Quiero mirarla de frente.
María Teresa
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