Fine Art Galleries: Your Majesty The Queen: Carta Ana de Mendoza

                                                                  2 de febrero de 1592He sido una mujer que proviene de la nobleza. ¡No puedo creer que mis días se están acabando en esta prisión! Nací en Cifuentes, Guadalajara, en España, el 29 de junio de 1540. Mi padre fue Diego Hurtado de Mendoza, miembro de una de las más importantes familias de la nobleza de Castilla, por otra parte mi madre, su primera esposa, María Catalina de Silva y Álvarez de Toledo, fue hija de los Condes de Cifuentes. Me llamaron Ana, Ana de Mendoza. Mis padres discutían mucho y terminaron separándose, lo cual no era para nada común.En mi educación aprendí esgrima, donde sufrí un accidente que me llevaría a usar parche toda la vida; sin intencionalidad alguna un paje irresponsable me clavó la punta de un florete en el ojo derecho y dañándomelo de por vida.  Me he acostumbrado, incluso creo que el uso del parche me ha dado una cierta belleza y originalidad. Desde niña he sido hermosa, así se me consideró siempre.En 1553 cumplí doce años, y seguí la recomendación del príncipe Felipe. Firmé las capitulaciones de boda con Ruy Gómez de Silva. Mi esposo era príncipe de Éboli. Gracias a él fui conocida como la princesa Éboli.  El príncipe era mayor a mí con 24 años.Para 1556 Felipe II se convirtió en rey y a su vez, mi esposo en su ministro, también en líder del partido pacifista de la corte. En nuestros primeros cinco años de casados pasamos juntos muy poco tiempo, a lo mejor tres meses. Por órdenes de Felipe II, Ruy debía pasar mucho tiempo en Inglaterra, sin embargo, tuvimos la bendición de estar juntos 16 años antes de que en 1573 la muerte se lo llevara. Fuimos felices. Lo amaba y amaba mi vida de esposa, madre y mujer de la nobleza. Tuvimos 10 hijos. Cuánto extraño esa época donde todo era simple y las cosas se me daban naturalmente.Junto a Ruy solicitamos la construcción de dos conventos de la orden religiosa de las carmelitas descalzas en Pastrana.  Yo quería que fuesen construidos bajo mis reglas, provocándome varios conflictos con las monjas, sobre todo con Teresa de Jesús quien era la fundadora de las Carmelitas Descalzas.A la muerte de mi esposo, quien murió repentinamente quedé destrozada y un poco perdida. Mi esposo había puesto paz al problema con las Carmelitas, pero al fallecer los problemas volvieron y con más fuerza.Al enviudar, yo quería hacerme monja junto con todas mis criadas. Siempre estuve inconforme con Teresa de Jesús, se interponía mucho, me concedió a regañadientes ingresar en el convento. Me ubicó en una celda austera, al poco tiempo me cansé, junto a mis criadas nos fuimos a una casa en el huerto del convento en la cual podía tener lo que deseaba, mis vestidos, mis joyas y  además tener comunicación directa con la calle y poder salir a mi antojo. El estar encerrada sin ningún tipo de lujo, no era para mí.   A la final ¡yo era una princesa, una mujer de la nobleza!Al conocer sobre esta situación, Teresa dictaminó que todas las monjas abandonaran           el convento de Pastrana, dejándome sola. ¡Esto no se podía quedar así! ¡Regresé a mi palacio en Madrid y publiqué una biografía contando mis verdades sobre Teresa.Fue el escándalo de la Inquisición española y prohibieron mi obra durante diez años!De vuelta en la Corte contraje amistad con Antonio Pérez, secretario del rey. Demasiado amiga lo puedo decir ahora. Antonio era encantador y sabía envolver a las personas con gran facilidad. Era un manipulador y fui una de las tantas incautas que creyeron en sus enredos, a tal punto de convertirme en su amante.  Fuimos descubiertos por Juan de Escobedo, secretario de Juan de Austria, hijo  del difunto rey Carlos I de España, y por ende hermanastro de Felipe II. Juan Escobedo era secretario del rey de Austria y amigo desde la infancia. Era brillante y repleto de información. Se dio cuenta sobre las intenciones de Antonio. Para mí era inevitable escuchar ciertas conversaciones y planes que tenía Antonio. Nunca supe toda su verdad, pero si intuí que le temía a Juan de Escobedo.EL  31 de marzo de 1578 Juan de Escobedo fue asesinado, noticia que conjuntamente con su salud acabaron con Juan I de Austria para morir tiempo después.Al enterarse de la muerte de su hermano, Felipe II comenzó a percatarse de las manipulaciones de Antonio. Descubrió lo que había pasado y lo mandó a encerrar, yo caí detrás. Hasta entonces habíamos mantenido en secreto nuestros amoríos, pero al enterarse, Felipe me acusó de conspirar en su contra y haber sido cómplice. Mi vida se ensombreció ese mismo día. Me quitó la tutela de mis hijos, mi corazón comenzaba a morir. Me despojó de la administración de mis bienes. Me hizo encerrar en la Torre de Pinto en Pastrana, luego en la fortaleza de Santorcaz y finalmente en el palacio Ducal en Pastrana de donde no volví a salir nunca y donde mi hija menor, Ana de Silva me atendió y acompañó.Varias veces, sin resultado alguno, pedí a Felipe protección y no castigo.Supe que Antonio Pérez había escapado de su celda a Aragón en 1590. Entonces Felipe mandó a poner rejas en todas las ventanas y puertas del palacio.Desde mi celda logro divisar la Plaza de la Hora. Es el tiempo que me dan diariamente para asomarme a la ventana. Miro con mi único ojo a través de las rejas de ese pequeño hueco de luz como transcurre la vida. Hoy, dos de febrero de 1592, he sido despojada de todo, no me queda más que esperar mi muerte profundamente triste y humillada.Ana de Mendoza
Carta Ana de Mendoza

 

2 de febrero de 1592 

He sido una mujer que proviene de la nobleza. ¡No puedo creer que mis días se están acabando en esta prisión! Nací en Cifuentes, Guadalajara, en España, el 29 de junio de 1540. Mi padre fue Diego Hurtado de Mendoza, miembro de una de las más importantes familias de la nobleza de Castilla, por otra parte mi madre, su primera esposa, María Catalina de Silva y Álvarez de Toledo, fue hija de los Condes de Cifuentes. Me llamaron Ana, Ana de Mendoza. Mis padres discutían mucho y terminaron separándose, lo cual no era para nada común. 

En mi educación aprendí esgrima, donde sufrí un accidente que me llevaría a usar parche toda la vida; sin intencionalidad alguna un paje irresponsable me clavó la punta de un florete en el ojo derecho y dañándomelo de por vida. Me he acostumbrado, incluso creo que el uso del parche me ha dado una cierta belleza y originalidad. Desde niña he sido hermosa, así se me consideró siempre. 

En 1553 cumplí doce años, y seguí la recomendación del príncipe Felipe. Firmé las capitulaciones de boda con Ruy Gómez de Silva. Mi esposo era príncipe de Éboli. Gracias a él fui conocida como la princesa Éboli. El príncipe era mayor a mí con 24 años. 

Para 1556 Felipe II se convirtió en rey y a su vez, mi esposo en su ministro, también en líder del partido pacifista de la corte. En nuestros primeros cinco años de casados pasamos juntos muy poco tiempo, a lo mejor tres meses. Por órdenes de Felipe II, Ruy debía pasar mucho tiempo en Inglaterra, sin embargo, tuvimos la bendición de estar juntos 16 años antes de que en 1573 la muerte se lo llevara. Fuimos felices. Lo amaba y amaba mi vida de esposa, madre y mujer de la nobleza. Tuvimos 10 hijos. Cuánto extraño esa época donde todo era simple y las cosas se me daban naturalmente. 

Junto a Ruy solicitamos la construcción de dos conventos de la orden religiosa de las carmelitas descalzas en Pastrana. Yo quería que fuesen construidos bajo mis reglas, provocándome varios conflictos con las monjas, sobre todo con Teresa de Jesús quien era la fundadora de las Carmelitas Descalzas. 

A la muerte de mi esposo, quien murió repentinamente quedé destrozada y un poco perdida. Mi esposo había puesto paz al problema con las Carmelitas, pero al fallecer los problemas volvieron y con más fuerza. 

Al enviudar, yo quería hacerme monja junto con todas mis criadas. Siempre estuve inconforme con Teresa de Jesús, se interponía mucho, me concedió a regañadientes ingresar en el convento. Me ubicó en una celda austera, al poco tiempo me cansé, junto a mis criadas nos fuimos a una casa en el huerto del convento en la cual podía tener lo que deseaba, mis vestidos, mis joyas y además tener comunicación directa con la calle y poder salir a mi antojo. El estar encerrada sin ningún tipo de lujo, no era para mí. A la final ¡yo era una princesa, una mujer de la nobleza! 

Al conocer sobre esta situación, Teresa dictaminó que todas las monjas abandonaran el convento de Pastrana, dejándome sola.  

¡Esto no se podía quedar así!  

¡Regresé a mi palacio en Madrid y publiqué una biografía contando mis verdades sobre Teresa. 

Fue el escándalo de la Inquisición española y prohibieron mi obra durante diez años! 

De vuelta en la Corte contraje amistad con Antonio Pérez, secretario del rey. Demasiado amiga lo puedo decir ahora. Antonio era encantador y sabía envolver a las personas con gran facilidad. Era un manipulador y fui una de las tantas incautas que creyeron en sus enredos, a tal punto de convertirme en su amante. Fuimos descubiertos por Juan de Escobedo, secretario de Juan de Austria, hijo del difunto rey Carlos I de España, y por ende hermanastro de Felipe II. Juan Escobedo era secretario del rey de Austria y amigo desde la infancia. Era brillante y repleto de información. Se dio cuenta sobre las intenciones de Antonio. Para mí era inevitable escuchar ciertas conversaciones y planes que tenía Antonio. Nunca supe toda su verdad, pero si intuí que le temía a Juan de Escobedo. 

EL 31 de marzo de 1578 Juan de Escobedo fue asesinado, noticia que conjuntamente con su salud acabaron con Juan I de Austria para morir tiempo después. 

Al enterarse de la muerte de su hermano, Felipe II comenzó a percatarse de las manipulaciones de Antonio. Descubrió lo que había pasado y lo mandó a encerrar, yo caí detrás. Hasta entonces habíamos mantenido en secreto nuestros amoríos, pero al enterarse, Felipe me acusó de conspirar en su contra y haber sido cómplice.  

Mi vida se ensombreció ese mismo día. Me quitó la tutela de mis hijos, mi corazón comenzaba a morir. Me despojó de la administración de mis bienes. Me hizo encerrar en la Torre de Pinto en Pastrana, luego en la fortaleza de Santorcaz y finalmente en el palacio Ducal en Pastrana de donde no volví a salir nunca y donde mi hija menor, Ana de Silva me atendió y acompañó. 

Varias veces, sin resultado alguno, pedí a Felipe protección y no castigo. 

Supe que Antonio Pérez había escapado de su celda a Aragón en 1590. Entonces Felipe mandó a poner rejas en todas las ventanas y puertas del palacio. 

Desde mi celda logro divisar la Plaza de la Hora. Es el tiempo que me dan diariamente para asomarme a la ventana. Miro con mi único ojo a través de las rejas de ese pequeño hueco de luz como transcurre la vida.  

Hoy, dos de febrero de 1592, he sido despojada de todo, no me queda más que esperar mi muerte profundamente triste y humillada. 

Ana de Mendoza