Para Lorena Cordero

Sin pedirlo o tal vez gritándolo me llegaron estas hermosísimas palabras que me han tocado el corazón:

“Si tú, a través de tu obra, pudiste decir tanto y desde tan adentro, te confieso que, para escribirte, he luchado por encontrar las palabras y los conceptos precisos, cierto “orden” que se requiere para expresarlos, ante el universo complejo, profundo, creado por tus imágines en Laberinto en el espejo.

Parte de esas palabras tú misma me facilitaste, cuando hemos conversado sobre tus cuadros; más aún, tuviste el talento de dar señales al nombrar y dar algunas pautas a cada una de las tres partes de tu exposición: Érase una vez, Egos, Ánima.

La misma forma de nombrar al conjunto de la obra es, a más de un desafío, una invitación a tus mundos. Las imágines de los espejos se trasmiten en línea recta, se reproducen, se multiplican o superponen: su misterio es el doble, lo otro que se revela. Se ha dicho que, aunque los espejos normales reproducen las cosas como las vemos, son “imágenes virtuales”, puesto que sabemos que son “ilusorias”. Además, en los espejos ni siquiera nos vemos como somos, ya que la imagen se invierte. Los laberintos, en cambio, son sinuosos, con senderos que se dividen, con caminos que se bifurcan, con vías sin salida. La misma vida es laberíntica, pero, aunque conocemos la única salida, sabemos que equivale al no retorno, a la nada, y preferimos evitarla y seguir dando vueltas, buscando interminablemente. Ambos juegos, el de los espejos y el de los laberintos, no tienen final, salvo —en tu caso, Lorena, como artista— los límites que tú misma has impuesto a tu obra, a tus fotografías que dejaron de ser “instantes” (y la buena fotografía no lo es en realidad) desde el momento de que fueron tomadas, y que se constituyeron en “historias” en los lienzos; en historias que no sólo “cuentan cosas” sino que “muestran” todo o casi todo lo que se puede mostrar o decir con imágenes, con colores. Tú misma me explicaste —y te escuché asombrado— que cada fotografía es un “proceso” que busca obtener lo que se oculta, lo que no se muestra, una lucha tuya con la persona fotografiada. Tienes cualidades para llegar al interior de los seres, a sus cavernas. Superado ese primer paso viene tu lenta y personal labor. He leído que “la pintura no está en el espejo blanco y opaco que es la tela. La pintura no está, ni siquiera, en el mundo (…). La pintura está, entera, en la cabeza del pintor”. Porque, Lorena Cordero, repito que tú no sólo fotografías o pintas digitalmente, sino que también inventas historias como los escritores, y las personas que pasaron por tu estudio se convierten en personajes, en representaciones, desdoblamientos o transfiguraciones.

Y esos límites que tú te has impuesto tienen, por un lado, el vértice de tu propio ser, porque parece que lo diste todo y, si hubieses tratado de exceder esas fronteras, no hubieras podido resistir. Has fotografiado y has pintado hasta el extremo. Detrás estás tú y solamente tú, sola, en parajes internos, muchos conocidos, otros descubiertos recientemente gracias a la creación, y que poco a poco irás explorándolos, descubriéndolos, abandonada ya de tu obra terminada. Nada nos acerca más a nosotros mismos y al mundo que el arte.

Esos límites tienen otras fronteras: las de cada una de las personas que han conocido lo que has hecho. Tú fuerza estética debe haberlas tocado. No podremos saber qué efecto ha producido. Cada uno sabrá qué hace con esas imágenes y qué historias secretas se cuenta a sí mismo. Es problema de cada cual: tú no pensaste en ellos, ni tenías por qué hacerlo mientras trabajabas. Que ellos, incluyéndome, se arreglen solos.

En tus trabajos nuevamente has marcado una de las características de los mejores resultados artísticos: estos son, ante todo, lo que descubres y cómo lo haces. Son, en suma, tu “estilo”. Lo estético es, sobre todo, es forma. Es tu logro: significado y significante están unidos. No se sabe dónde termina lo uno y comienza lo otro: Laberinto… Espejo… Se ha escrito que es necesario alcanzar el “estadio que transforma lo formal en significativo y lo significativo en formal”. Sin embargo, se puede afirmar, simplificando, que lo uno no es más que profundidad de vida: experiencias, procesamientos internos, muchos de ellos sangrantes, sensibilidad, derrumbamientos, holocaustos, deslumbramientos, amaneceres. Y lo otro, nada más que trabajo, trabajo y trabajo… No hay expresión artística sin cuestionamientos, rebeldías, dolores, búsquedas, insatisfacciones… Se ha dicho que “sólo la araña teje su tela con su propia sustancia. El arte, por el contrario, como la abeja, elabora con lo que recoge”. La manifestación estética reproduce también la versión que se tiene de la vida.

Y, ¿qué más Lorena? Pues simplemente que detrás de todo lo que has hecho hay una carga de humanidad, de hondura humana que abruma. Nos retratas, nos desarmas, nos exploras. Y lo haces sin piedad. Porque somos todo lo que encierra nuestro cerebro; y este cerebro es nuestro cosmos individual metido en un caja pequeña, quizá más vasto y desconocido que el cosmos exterior del cual se sabe algo tan insignificante que no vale le pena medirlo. Pienso que se trata de dos cosmos paralelos, con fuerzas semejantes. Dentro de cada uno subsisten muchos otros; en nuestro subconsciente viven otras vidas seres que no nos imaginamos; nos disfrazamos en forma permanente. Todos sabemos que, desde los griegos, “persona” es equivalente a “máscara”. Érase una vez acaso sea nuestro inveterado afán de prefabricarnos, de atarnos a una sola versión de nosotros mismos, a veces fabricada por otros. ¿Sabemos quiénes somos? ¿O necesitamos que otros lo digan para poder sostenernos? No nos percatamos que cambiamos y evolucionamos con todo. En Ecos está nuestra esencial dualidad, la imposibilidad del blanco y negro, la bipolaridad, la bisexualidad latente como hijos de mujer y varón, el pecado y la virtud como dos caras de una misma moneda, la ambigüedad, la multiplicación y fragmentación, la ruptura de lo unidimensional, rodeada en este Ecos con la ironía, la sátira a la condición humana. En Ánima, escogiste la idea de un personaje fascinante: el payaso. Quizá sea el payaso, limpio de afeites y caretas, el único ser que, en la soledad que viene luego de la función, conoce su propio rostro. Ánima es los fantasmas que anidamos, los duendes que nos cercan, nuestros propios demonios internos, las pesadillas y sueños que Freud trató de interpretar. Hasta el mismo Diablo no es sino otro Dios, su Alter Ego. Ambos se complementan para subsistir.

Uno de los personajes de Salman Rushdie en Hijos de la medianoche, “trataba de meter la vida entera en su arte”. Orhan Pamuk, en Me llamo rojo, dice: “Ellos (los verdaderos creadores) pintan lo que ven. Nosotros (los otros) lo que miramos”. Tu obra es, sin duda alguna, una repuesta a la incoherencia moderna, a la superficialidad, al maquillaje que nos rodea: hay que ir hacia adentro y desde adentro. Lo que tenemos afuera, en su insoportable avalancha de noticias y sucesos, no nos deja nada, ni siquiera la sospecha de que detrás de las cosas hay raíces. Y a veces hay que hacerlo en forma, dura, desafiante, irreverente. Tú nos has obligado a pensar, Lorena.

En Egos, Templanza y Castidad, por ejemplo, se sitúan entre la hipocresía, el disimulo o la cándida perversidad ante la mayor fuerza espiritual del ser humano. Sabemos que puede entenderse por disoluto, pero nadie nos ha explicado que es ser “casto”. Ánima se refiere a cualquiera de nuestros rostros escondidos tras la máscara o inclusive al propio rostro, también falso, camuflado, que entra a los salones y se pasea por las calles. ¿Somos solamente cuando soñamos, cuando dormimos o, acaso, cuando hacemos el amor?

El homenaje a tu amigo Manuco, a quien le sacaron criminalmente del laberinto, te retrata como el ser humano que sabe amar y recordar, a través del más desinteresado y limpio de los sentimientos humanos: la amistad.

Sangraste durante los tres años de trabajo; sé que sufriste; que generaste por semanas, por meses, cada una de las obras. Es el precio que se paga, pero la recompensa para ti, para Simón que está contigo y sabe acompañarte, para tus dos hijas, para las personas que amas y te aman, sobrepasa todo, por la simple y única razón valedera: ser tú misma, ser feliz con lo haces y vivir lo que eres. Hoy te has replegado nuevamente a tus catedrales interiores. Hay que esperar nuevamente… Recibe mi cariño y mi solidaridad.”

Modesto Ponce Maldonando.   Quito marzo 2012

 

Laberinto en el espejo

“Laberinto en el espejo”, de Lorena Cordero

El espacio donde confluyen e inmortalizan, en torno a la condición humana, la fantasía y la realidad, la oscuridad y la luz, la máscara y el rostro original del ser

¿Quiénes somos, más allá de lo que dejamos ver de nosotros mismos?, es la pregunta que subyace tras esta propuesta artística, y es también el punto de partida de un ejercicio de búsqueda audaz, que ha conjugado descubrimientos y respuestas en sus tres series fotográficas resultantes: “Erase una vez”, “Egos”, y “Anima”.

 “Laberinto en el espejo” es un proyecto que integra, bajo un determinante hilo conductor de corte filosófico, psicológico y existencial, tres escenarios donde el ser humano queda revelado en la potencia de su dualidad, y capturado a través de los recursos creativos de la artista, en una suerte de visión-ficción imperecedera, donde rostros, colores y texturas conspiran para instalar lo fantástico inverosímil, en el individual espacio de la dimensión real.  Así, “Erase una vez”, por ejemplo, conjuga pensamientos, sentimientos e intención, en clásicos personajes de cuento –de aquellos cuentos recordados por casi todas las infancias-, a quienes enfrenta, sin reparos, a la imperceptible pero implacable presencia del tiempo, y en quienes vuelca la ley de la probabilidad o de la cusa y el efecto, para concluir o sugerir desenlaces ajenos a aquellos que registra la memoria. “Egos”, por otra parte, aborda la polaridad, el contraste y la oposición; el bien y el mal, la presencia y la ausencia de la virtud; el pecado, en definitiva, como un recurso de reflexión ante la omisión, como un enlace entre lo exterior y la realidad recóndita del ser, como el espejo en el cual aflora la esencia fruto de todos los miedos: el rostro oculto de toda identidad, disfrazada a la perfección, en respuesta a un cotidiano e impuesto ejercicio social de sobrevivencia. Y, finalmente, “Anima”, una serie que encara la realidad del dolor, hasta sus últimas consecuencias; el dolor espiritual, el dolor emocional, el dolor psicológico, el dolor físico. El dolor atribuido a la necesidad de enfrentarse a un permanente juego interpretativo, que limita la capacidad del ser humano de volverse hacia su interior, abandonarse a sus misterios, a sus profundidades y a sus demonios; el dolor que impulsa, no obstante, ráfagas de valentía, resignación o aceptación ante el hecho simple de existir, y que reconcilia al ser, con su verdad y su esencia.

 La artista desvela, en cada una de sus fotografías, las entrelíneas de un proceso personal de reflexión y reconocimiento, de búsqueda interior y de profundo descubrimiento. Comparte, a través de sus personajes, la magia del reflejo, de la proyección, de la ilusión y de la travesía emocional que la enlaza, en línea directa, con  aquellos que la observan, a la luz de su ingenio y su franqueza.

 La exposición  y libro “Laberinto en el espejo”, de Lorena Cordero, se inauguró  y lanzó en el Centro de Arte Contemporáneo de Quito, el jueves 16 de febrero de 2012, y se mantendrá abierta al público hasta el 25 de marzo de 2012.

Raquel Arízaga Herdoíza